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EL HOMBRE Y SU SONRISA


El hombre siempre estuvo ahí cerca, yo era muy pequeño y hasta ese momento nunca lo había percibido. 

El hombre un día cargó nuestro equipaje en el auto de mi fallecido padre, se colocó al volante, y manejó en silencio hasta aquel pueblo donde él vivía con su familia y en el que yo había nacido pero apenas conocía.

El hombre al llegar tomó mi mano y nunca más la soltó, solo me sonreía cada vez que lloraba y me abrazaba de tal forma que me sentía cobijado.

El hombre un día nos vio partir junto a mi madre y a mi hermano  en aquel tren para regresar a casa y aceptó que todo debe seguir su curso, sin embargo nunca nos abandonó a nuestra suerte. 

El hombre, decidió volver a la ciudad para quedarse, y me sentí la persona más feliz del mundo, y más cuando me llevó a vivir a su hogar por que mi madre trabajaba de sol a sol buscando el sustento.

El hombre nos integró a todos formando una gran familia. Sus hijos y nosotros eramos hermanos y nos crió a todos por igual y sin distinción.

El hombre era feliz viéndonos crecer, me encantaba acompañarlo a todas partes y las charlas que teníamos eran tan especiales que podía estar horas a su lado.

El hombre tuvo sus malos momentos, sus enojos, sus miserias como todos pero delante nuestro nunca dejó de sonreirnos.

El hombre un día enfermó de algo que ni la medicina conocía y sufrió mucho, pero aunque su cuerpo lo abandonaba día a día cada vez que me veia seguía sonriéndo como siempre.  

El hombre un día se fue a otro plano, pero nos dejó su legado cargado de sentimientos, de formas de ver la cosas, de enseñanzas tan simples como contundentes y su maravillosa sonrisa.

El hombre ideal para mí existió, y fuiste vos Eduardo Bottinelli, mi tío querido, mi padre, mi amigo. 

Esto no es una ficción, es la pura la realidad, y hoy siento que lo poco o mucho que pude hacer en este mundo te lo debo a vos. Vale entonces este humilde homenaje.

Te extraño todos los días querido gringo...
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