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EL CONTADOR DE HISTORIAS (CUENTO)

 

   El contador de historias llevaba realizados dos mil novecientos noventa y siete relatos y cuentos,  y solo le quedaban tres para cumplir su mandato y entregárselo a su reemplazante. El nuevo elegido no podía exigir su cargo hasta que el contador de historias concluyera con el número tres mil y eso debía ser respetado a rajatabla.
   
   El contador de historias tomó su libreta de apuntes, realizó algunas correciones de última hora y se dispuso a escribir la número dos mil novecientas noventa y ocho que dio a conocer al mundo dos días después.

   El contador de historias comenzó a vivir en carne propia que su vida se estaba consumiendo lentamente debido a que una vez que se cumpliera su mandato desaparecería y nadie se enteraría que había existido. La humanidad no debía saber sobre él, así estaba escrito y por lo tanto cada palabra que escribía era una daga que se clavaba en su corazón y lo desgarraba.

   El contador de historias no conocía a su reemplazo, por lo tanto, y al entregar su mandato recién se vería cara a cara con aquel que no solo le sacaría su profesión de un plumazo si no que también acabaría con su vida.

   Un par de semanas pasaron y por fín llegó el día de presentar la historia tres mil que marcaba el fin para el contador de historias y el inicio para el nuevo dueño de semejante responsabilidad.

   El encuentro fue pactado para las doce de la noche en una biblioteca ignota de un pequeño pueblo del conurbano, el contador de historias lucía su desgastado traje azul, una camisa de color blanco y un moño verde. Completaba el atuendo una rosa roja en el bolsillo superior de su saco. El contador de historias observó un gran reloj de pared a que las manecillas dieran la hora señalada.

   Cuando esto se produjo el joven ingreso al recinto llevando bajo su brazo derecho un gran libro, y en sus manos un par de lápices negros y dos resaltadores con tinta amarilla para realizar correciones. Se dirigió a la sala principal y se detuvo frente a un enorme escritorio que se encontraba ubicado en el centro del lugar.

   El contador de historias dio inicio formalmente a su mandato, lo que hasta ahí no sabía era que él mismo se había reciclado.

   Una sonrisa se dibujó entonces en su rostro y comenzó a escribir el relato número uno al que llamó:

"Reciclándose"


 

 


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