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LA CORRUPCIÓN MATA (REFLEXIÓN)




Existen en el mundo, y sobre todo en nuestra vapuleada Latinoamérica personajes siniestros que disfrazados de políticos se convierten en complejos actores de reparto que fundamentan sus campañas para llegar al poder haciéndonos creer que son castos y puros. Evidentemente nuestras sociedades han permitido sistemáticamente que esto suceda debido a; cierta manera de no comprometernos como ciudadanos a controlarlos. Quizás por que nos desligamos de las responsabilidades y nos conformamos con que hagan algo de todo lo que prometen o también por que necesitamos imperiosamente que nos lleven de la mano, que nos indiquen el rumbo a seguir poniendo toda nuestra confianza en que así será. Pero pasado el tiempo todo se transforma en un gran desencanto ya que el dinero que aportamos con nuestros impuestos y que deberían ir a para obras o paliar la hambruna de nuestros pobres va directo a sus arcas donde construyen un poder que lo domina todo.
Aquí en Argentina hemos padecido durante décadas el robo indiscriminado, el crecimiento del narcotráfico a escalas mayores y sobre todo la corrupción. Ésta no solo se encuentra alojada cómodamente en las altas esferas de los gobiernos de turno si no que también se ha trasladado al poder judicial que mira para otro lado o encajona causas que están ampliamente comprobadas por lo consiguiente; nadie va preso, y si son encarcelados, al poco tiempo salen como panchos por su casa.
Lo más horroroso de todo esto es que la corrupción mata tanto o más que una dictadura pero los asesinatos se realizan con guantes quirúrgicos para que no se note la sangre.
Es que en nombre de la democracia los políticos utilizan todos los recursos que tienen a su alcance para seguir manipulando al pueblo como simple ganado que se lleva al matadero.
Mi país como tantos otros de la región sufren de una manera obsena estas formas de genocidio masivo y lamentablemente muchos no se dan cuenta de esto por que estos delincuentes han realizado un trabajo minucioso que les llevó años perfeccionarlo para que sea prácticamente imposible desanudarlo.
Y lo peor de todo es que todos son iguales, salvo algunos contados con los dedos de la mano que se animan a denunciar e ir hasta las últimas consecuencias sufriendo en muchos casos hasta su propia muerte para intentar cambiar las cosas.
Podría dar miles de ejemplos, pero ustedes ya conocen el tema de sobra por que lo padecen tanto como yo.
Ojalá algún día los que todavía creen en estos sátrapas se den cuenta que lo único que puede salvarnos de ellos es pensar qué es lo que deseamos para el futuro y actuar en consecuencia, exigiendo como pueblo a los que imparten justicia que estén a la altura de las circunstancias y de una vez por todas se coloquen del lado de quiénes les pagamos sus sueldos para que hagan bien su trabajo.
Y también que entendamos de una vez por todas que la corrupción es el flagelo más grande y un daño que si no se lo ataca de raíz se llevará más vidas humanas de lo que realmente creemos...


 
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