Lo Último

LA GUITARRA (VERSIÓN COMPLETA DE LA HISTORIA)




CAPÍTULO 1




FINAL DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
                                                      ***

   El Oficial nazi Abelard Bachmann escapó de Alemania junto a su asistente de orígen judío llamado Samuel Levy para radicarse en Argentina. Éste, que era muy joven, decidió acompañarlo ya que casi toda su familia excepto su hermana de la cual no sabía su paradero había sido eliminada en los campos de concentración donde él también estuvo detenido salvándose de milagro porque fue elegido por Bachmann para que trabajara en su casa. 
   Bachmann vivía solo, y de a poco fue naciendo entre ellos una relación de amistad que en poco tiempo se convirtió en un cariño como el que siente un padre por su hijo. Por eso, y al llegar el momento de partir, le dio al joven Samuel la chance de escaparse para intentar rehacer su vida pero el muchacho le pidió que lo llevara con él. 
   Así llegaron a la Argentina en un barco carguero meses después de embarcarse para hospedarse como muchos otros militares de su rango y por un tiempo en el Hotel Nazi de La Falda en la provincia de Córdoba. 
   Poco tiempo después, Bachmann adquirió una propiedad en la provincia de Catamarca y allí se mudaron. Además del equipaje también se trasladaron a la nueva vivienda una gran cantidad de baúles que por orden estricta de Bachmann, Samuel no podía ni siquiera acercarse a ellos ya que eran —según le dijo— elementos de gran peligrosidad que podían poner en riesgo su vida.  
   Vivieron varios años allí hasta que el joven Samuel se mudó a Buenos Aires para estudiar música aunque todos los veranos volvían a reencontrarse para pasar un tiempo juntos. 
   Pero de a poco, los viajes del joven para visitar a Bachmann se fueron haciendo más esporádicos cuando conoció a María con la que se casó y poco tiempo después tuvo una hija.
   Al nacer la niña, Samuel ya se había dedicado de lleno a la música folclórica teniendo cierto suceso y comenzó a recorrer el país, por eso tenía poco tiempo para visitar a Bachmann con quién sin embargo seguía manteniéndo un contacto fluido por medio de cartas o, en muy contadas ocasiones, llamadas telefónicas.
   Cierto día, Samuel recibió una de las tantas cartas que Abelard le enviaba y en ella le comentó que estaba muy enfermo y que necesitaba verlo con suma urgencia. El folclorista suspendió varias funciones que debía realizar y viajó para ver a su viejo y querido amigo. 
   Al llegar, se dirigió a la casa de campo en la que había pasado tantos momentos felices durante largos años y se dio cuenta en ese instante que sería la última vez que vería a su amigo Abelard con vida. Sentimientos encontrados recorrían todo su ser ya que por un lado sabia que ese hombre al que tanto amaba no dejaba de ser un criminal de guerra y responsable de tantas muertes en los campos de concentración pero que también era ese mismo hombre que al haberlo elegido aquella vez le salvó la vida y le dio una chance invalorable para que pueda dejar atrás tanto dolor para poder seguir adelante. 
   Su amigo estaba sentado en su mecedora preferida durmiendo y ni se dio cuenta de que alguien se acercaba. Abelard de pronto abrió sus ojos y le sonrió levemente insinuando un ficticio reto.
   —Al fin has llegado-le dijo.
   —Aquí estoy viejo amigo-respondió Samuel.
   —Mi muerte se acerca, y es el momento de revelarte ciertos hechos de mi vida que al menos servirán para que no tengas tan mal concepto sobre mi persona cuando ya no esté en este mundo
   —Quédate tranquilo—dijo el joven—.Yo solo debo agradecerte por lo que has hecho por mí y…
   —¡Cállate muchacho!-lo interrumpió Bachmann-. Sé bien que en tu corazón hay todo tipo de sentimientos encontrados sobre mi y que son razonables por cierto pero cuando te enteres de muchas cosas se disiparan muchas de tus dudas que quizás sirvan para armonizar un poco tu alma y la mía
   —Te escucho entonces-dijo Samuel mientras acercaba una silla y se sentaba a su lado.
   —Yo no elegí ser lo que fui. Me alisté en la SS debido a que mi familia pertenecía al partido del Furher, y si bien había cosas en las que al principio concordaba cuando comenzó el holocausto ya no estuve tan de acuerdo con eso y dentro de mis posibilidades y teniendo sumo cuidado de no ser descubierto ayudé a mucha gente a escapar del exterminio. Entre ellos a ti. Sé que es difícil de creer, pero tengo documentos que pueden acreditar lo que digo. Además hay un secreto que jamás te he revelado y he guardado todos estos años y que tiene que ver con aquellos baúles que nunca te he dejado ni siquiera que te les acerques y por los que me has preguntado infinidad de veces en todos estos años.
   —¿Qué hay en ellos Abelard?—preguntó Samuel intrigado.
   —Solo quedan dos de los veinte que logré traer de Alemania. Dieciocho ya fueron devueltos a sus verdaderos dueños
   —No me has contestado que contenían
   —¿Y qué crees?
   —No lo sé, por eso te lo estoy preguntando
   —Gracias a mi custodia, mucha gente pudo al menos recuperar algo de sus valiosas pertenencias pérdidas en aquella época. Entre ellas cuadros, alhajas, fotos y hasta juguetes de sus niños que fueron regresados a sus dueños para paliar en algo todo lo que perdieron. Me llevó meses y hasta años ubicar a esas personas.
   —Ahora que lo dices, recuerdo cuando en esta misma casa recibías a extraños y me enviabas al establo no dejándome regresar a la casa hasta que no terminaras tus reuniones ¿Pero por qué nunca me has dicho nada? 
   —Porque era muy peligroso y aun hoy lo sigue siendo. No te olvides que muchos de mis colegas aún están entre nosotros y siguen de una forma u otra ligados y conspirando esparciendo su odio. Es más, los he visto varias veces y te puedo asegurar que esa gente tiene el mismo pensamiento perverso de siempre
   —¿Y tú cómo pudiste tantos años aparentar lo que no eras?
   —Debido a lo que antes te he dicho. Fui muy discreto, nunca hablé de más y siempre fingí ser alguien siniestro y detestable como ellos. Para mi suerte, pude engañarlos
   Samuel escuchaba atentamente cada uno de los secretos que Abelard le revelaba y luego de terminar, el anciano le pidió que lo acompañara hasta su escritorio ya que deseaba entregarle algo de suma importancia.
   De una caja fuerte que tenia detrás de una pintura renacentista, Abelard sacó varios documentos. Samuel lo observaba en silencio esperando que su amigo le explicara que eran esos papeles. El anciano primero separó unos que contenían una especie de contrato firmado por todos aquellos que habían retirado sus baúles y después hizo lo mismo con dos que quedaban sin tener firma alguna.      También había un mapa perfectamente trazado del lugar donde se encontraban escondidos. 
   —¿Qué es ese mapa Abelard? —preguntó Samuel intrigado.
   —Es del lugar donde están los dos últimos baúles que faltan entregar y estos dos documentos que he separado tienen los nombres de la familias que aún no han reclamado por ellos y que no he podido ubicar en todos estos años a pesar de que los busqué por todo el territorio
   —¿Y qué quieres que haga con esto?
   —Te los cedo. Tú decidirás si sigues con la búsqueda o te quedas con ellos como parte de la herencia que te dejaré cuando muera. Lo único que quiero pedirte es que si optas por seguir intentando hallar a sus verdaderos dueños este secreto jamás debe ser revelado a menos que como yo hoy lo hago contigo no hayas tenido el éxito esperado y traspases a alguien a quien elijas para seguir haciéndolo ¿Lo entiéndes? Es de vital importancia que comprendas esto
   —Lo entiendo 
   —Júramelo
   —Abelard
   —¡Júralo! —le gritó el anciano.
   —Lo juro

CAPÍTULO 2


   Abelard falleció un mes después de aquella reunión con Samuel y desde ese día hasta su propia muerte éste intentó en vano ubicar a las familias que eran dueñas de los baúles que restaban entregarse y nunca se acercó al lugar donde estaban escondidos para salvaguardarse y no correr riesgos. 
   Con sus propias manos construyó una guitarra criolla donde en su interior talló el mapa y los nombres de las familias que eran dueñas de los baúles y luego quemó los documentos. Esto le llevó más tiempo de lo esperado ya que tuvo que aprender a fabricar el instrumento y logró hacerlo gracias a un gran amigo quién le enseñó el oficio. Samuel pensó en su hija para revelarle el secreto pero desistió de hacerlo y le regaló el preciado instrumento a su nieto Gabriel aunque evitó informarle de lo que contenía en su interior por que aún era muy pequeño para entenderlo. 
   Samuel falleció cuatro años después de entregarle la guitarra a su nieto de una enfermedad incurable y en su lecho de muerte trasladó el secreto de su amigo Abelard a su hermana Edith con la que se había reencontrado después de muchos años buscandola y logrando ubicarla por fin en Colombia. Ésta, viajó inmediatamente a Buenos Aires para vivir con su hermano. 
   La mujer esperó pacientemente a que el niño creciera y decidió traspasarle el legado de Samuel. No lo conocía personalmente ya que el joven y su madre nunca supieron de su existencia ya que su hermano prefirió salvaguardarlos a todos de posibles ataques de algunos de los ex compañeros de armas de Abelard que podrían estar enterados de la existencia de los baúles y que si era así, de seguro tratarían de amenazarlos o hasta asesinarlos para que les revelaran dónde estaban ocultos.
   Los dos baúles contenían objetos de un valor incalculable y esto era suficiente como para que alguien quisiera hacerse de ellos. Sobre todo los Nazis que aun habitaban el suelo argentino y su descendencia que seguían su nefasto camino.
   
   Carlos Carranza era un empresario de la industria textil e hijo de los dueños de uno de esos baúles. Sus padres al llegar a la Argentina, se habían cambiado su verdadero apellido Kohen para evitar ser ubicados por los Nazis y así evitarse ser perseguidos por ellos. Fue por esa razón que ni Abelard ni Samuel pudieron nunca ubicarlos.
   Una día, Carlos recibió la visita de un tal Jurgen Mosel. Este personaje siniestro fingió ser un agregado del gobierno Alemán que buscaba a personas que habían huido del Holocausto y que -según le informó- deseaban resarcir sobre todo a los compatriotas judíos con una pensión vitalicia por todo lo sufrido por ellos en el genocidio perpetrado por Hitler. 
   Al principio, Carlos negó ser un descendiente pero Mosel le mostró unos documentos que avalaban que él se apellidaba Kohen y no Carranza, y que sus padres habían cambiado su documentación al ingresar al país.
   Entregado, Carlos terminó por aceptar su orígen y Mosel lo invitó a que se presentara en un Estudio Jurídico para firmar los papeles y así iniciar el trámite de la pensión que supuestamente comenzaría a recibir en unos meses.
   Sus padres habían fallecido, por lo tanto, él era el único beneficiario y convinieron con Mosel encontrarse en la dirección que este le proporcionó para finiquitar los detalles.
   Pero en realidad el siniestro personaje solo buscaba una cosa:

   Hacerse de uno de los baúles de Abelard...



CAPÍTULO 3

   Carlos Kohen acudió puntualmente a la cita con Mosel. Era en un barrio coqueto de Buenos Aires donde habitaba gente de buen pasar económico. El lugar señalado, era una mansión de construcción inglesa y que debería tener no menos de cien años aunque fue reciclada convenientemente y ahora se había convertido en un verdadero palacete.
   El mismo Mosel lo recibió estrechando su mano y los dos hombres se dirigieron a la sala principal de la casa. El anfitrión lo invitó a que tomara asiento y llamó a una empleada doméstica para que les sirviera un café. 
   -Muy bien-dijo Mosel- En media hora llegará el Escribano para que firmemos todos los documentos y así terminar con el trámite.
   -Esperemos entonces-contestó Kohen.
   La empleada volvió y les sirvió el café mientras ellos charlaban de cosas sin importancia pero al poco rato, Kohen comenzó a sentir un mareo y poco después se desmayó.
   Al despertar, se encontró atado a una silla en un cuarto que solo tenía una bombilla encendida iluminando tenuemente el lugar. Poco después, ingresó Mosel con dos hombres. Uno de ellos se quedó parado cerca de la puerta y el otro se le acercó pegándole dos cachetazos para despabilarlo.
   Moses entonces comenzó con el interrogatorio:
   -¡Por fin ha despertado Señor Kohen!-exclamó el Nazi.
   -¿Pero que es todo esto? -preguntó el rehén sin entende nada de lo que ocurría.
   -Solo le haremos algunas preguntas puntuales y si quedamos satisfechos con sus respuestas, lo dejaremos ir
   -¿Qué es lo quieren saber?
   -Me imagino que sus abuelos o sus padres le habrán comentado alguna vez de la existencia de unos baúles
   -No sé de que me está hablando 
   -¡Vamos hombre! Algo tan valioso para la historia de su familia no creo que haya pasado desapercibido y alguien se lo debe haber comentado alguna vez
   -Pues no sé nada de lo que está diciendo
   -Esa no es la actitud que esperabamos. ¡Franz! -le gritó Moses a uno de sus secuaces-. Dale un par de golpes a ver si logramos que el Señor Kohen recuerde
   El tal Franz le aplicó un puñetazo en pleno rostro al rehén y éste comenzó a sangrar de su labio inferior.
   -¿Y bién Señor Kohen?-preguntó Mosel sonriendo-.¿Ahora puede recordar algo?
   El rehén lo miró con furia.
   -Le he dicho que no sé nada-respondió.
   Al cabo de una hora de intenso castigo Kohen se desmayó. Tenía el rostro destrozado por los golpes recibidos
   -Evidentemente o es muy terco o realmente no sabe de qué hablamos-comentó Moses en voz alta- Mátenlo y arrojen su cadáver al Río.
   
   Edith intentó acercarse a su sobrino nieto luego del Festival , pero le fue imposible debido a que el músico se fue raudamente del lugar acompañado por varios guardias de seguridad que lo metieron en un auto a los empujones debido al acoso de sus fanáticos y partieron raudamente.
   Frustrada, la mujer se quedó un momento pensando en cómo poder contactarlo y preguntó si su sobrino nieto se alojaba en algún hotel de esa ciudad. Al cabo de una hora supo por uno de los encargados de desmontar el escenario que Gabriel viajaría esa misma noche a Buenos Aires en un vuelo pero no sabía a qué hora partiría.
   Sus deseos de entrevistarse con él entonces comenzaban a desvanecerse y se sentó en una de las sillas que horas antes se habían utilizado para que el público observara el recital. Mientras descansaba un poco del trajín que le había producido ese día pensaba en cómo conseguir aunque sea una dirección o un teléfono para poder ubicarlo. Su hermano no llegó a suministarle esa información de vital importancia y solo pudo comentarle antes de su deceso que el muchacho se había convertido en un gran músico de blues.
   Con tan pocos datos, Edith se las ingenió para tratar de recabar información que la llevó a ése Festival pero sus esfuerzos fueron en vano. Debería seguir tratando de acercarse a él para que el joven finalmente recibiera el legado de Samuel y Abelard. 
   Ensimismada en sus pensamientos no se percató de que dos personas se le acercaban. Una de ellas era Mosel...     



CAPÍTULO 4


   Mosel se acercó a la mujer que levantó su cabeza al escuchar su nombre.
   -¿Edith Levy? -preguntó el Nazi.
   -¿Cómo sabe mi nombre?
   -Su sobrino nieto Gabriel Galán desea verla
   -¿Gabriel? ¿Pero como sabe él de mi existencia?
   -¿Acaso usted no estaba preguntando por él?
   -Pues si lo hice pero no pude verlo
   -La hemos venido a buscar para llevarla a que lo visite en el hotel donde se está alojando.
   La mujer se levantó de su asiento y comenzó a caminar, Había algo que no le gustaba de ese hombre pero ya no tenía escapatoria, era una anciana y luchar contra esos hombres de gran porte sería en vano.
   Mosel le abrió la puerta trasera del auto en el que había arribado y cuando ella estaba por subirse apareció otro automóvil a gran velocidad que paró a unos metros del vehículo del Nazi. De él se bajaron cinco guardias de seguridad de Gabriel Galán quienes esperaron a que el músico también descendiera. Éste se acercó a la mujer y le habló:
   -Un colaborador me avisó que usted me buscaba
   -Así es-contestó Edith-.Soy tu tía abuela
   -Perdóneme pero mi abuelo Samuel nunca me dijo que tenía una hermana
   -Es una larga historia querido
   Al verse acorralado por la situación, Mosel intentó subir al auto para irse.
   -¿Pero quiénes son estos hombres?- preguntó Gabriel a su tía
   -Me dijeron que venían de parte tuya y...
   Mosel extrajo un arma y comenzó a disparar. Sorprendidos, los guardias de seguridad del músico intentaron repeler la agresión y uno de ellos cayó herido ya que se arrojó encima de Edith y Gabriel para protegerlos. Sus compañeros lograron que los Nazis huyeran en su auto perdiéndose en la noche.
   Una vez asegurado el perímetro por la Policía que acudió al lugar inmediatamente, Gabriel y Edith se retiraron del lugar dirigiéndose directamente al aeropuerto custodiados por la seguridad del musico y desde esa noche no volvieron a separarse.
   Edith le traspasó el legado de su hermano a Gabriel que al principio se sorprendió y mucho de la historia que ella le relataba y fue comprendiendo las razones por las cuales esos hombres habían intentado secuestrar a su tía abuela. Se la llevó con él a Buenos Aires y juntos fueron a su casa ubicada en el lujoso barrio Parque. 
   Una vez allí, el músico tomó la guitarra que le había obsequiado su abuelo y la desarmó con sumo cuidado descubriendo que en ella estaban tallados el mapa y los nombres de los dueños de los baúles Kohen y Salzmann.
   LLamó a su representante e hizo suspender la gira y se abocó a preparar todo para dirigirse al lugar donde estabana ocultos esos baúles. Necesitaba averiguar de qué se trataba todo aquello.

   Mosel mientras tanto utilizó todas sus influencias y pudo averiguar mediante informantes que trabajaban para el Gobierno argentino todo lo que necesitaba para saber lo que tramaba el nieto de Samuel Levy. 
   Mediante escuchas telefónicas, los agentes gubernamentales le dieron datos precisos y el Nazi supo que por fin su camino hacia el bául de los Kohen comenzaba a despejarse.
   -Esa pieza única será mía en poco tiempo-comentó para sí- Y ya nada ni nadie podrá detenerme para hacerme de ella...

CAPÍTULO  FINAL


FINAL DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
                                                     ***

   El Rabino citó a Isaías Kohen para que acudiera de forma urgente a la Sinagoga en Berlin, necesitaba imperiosamente hablar con él debido a un asunto muy serio.
   -Rabí -dijo Kohen- Aqui estoy. ¿Qué necesita?
   -¿Conoces a Abelard Bachmann?
   -No en persona pero sabemos que está en uno de los campos de concentración. Es un oficial de alto rango de los Nazis
   -Él está ayudando a los nuestros
   -¿Cómo dice?
   -Lo que escuchas. Lógicamente que no puede hacer mucho por que está expuesto a quedar al descubierto ante sus camaradas
   -¿Entonces?
   -Se encarga de recolectar la mayor cantidad de pertenencias y lo que nos queda de valor. Planea llevarlo todo hacia Argentina ya que muy pronto huirá ante la inminente entrada de los Aliados a la ciudad y desea ayudarnos
   -Sigo sin comprender
   -Te daré una dirección. Allí llevarás todos tus objetos de valor y lo que más puedas rescatar de tus pertenencias. Contactarás a Joseph Mosel quién trabaja para él
   -¿Y por qué me ha elegido a mí?. Soy de la resistencia Judía y puedo ser atrapado en cualquier momento
   -¡Isaías!-exclamó el Rabino- Eres uno de los últimos en que puedo confiar. Y te he elegido por que necesito que entre tus cosas lleves algo que voy a entregarte y que es muy importante que salga del país lo antes posible
   -¿Que debo llevar?
   El Rabino tomó un paño de color rojo y lo abrió con sumo cuidado. Dentro de él se encontraba una estrella de David construida en oro y que databa del año 230 AC.
   -Esta pieza-comentó el Rabino, es muy importante para nuestro pueblo y debe ser salvada de los Nazis, si ellos la encuentran la perderemos para siempre. ¿Entiendes?
   -Lo entiendo
   -La dejo en tus manos entonces y haz que llegue a las manos de este hombre.
   -Lo haré

   Una noche en la casa de Joseph Mosel en Buenos Aires, este le reveló a su hijo Gert sobre la importante pieza que pertenecía al pueblo Judió. Lejos de desear quedarse con ella el anciano le expresaba su orgullo por haberla salvado. Su nieto de diecisiete años escuchaba la conversación detrás de una puerta sin ser visto y desde ese día decidió que en un futuro buscaría aquel baúl escondido para quedarse con ella para luego venderla en el mercado negro y hacerse de una fortuna incalculable.
   A la edad de treinta años el joven Mosel ya era el líder del Movimiento Anti Judío de América del Sur al que había fundado junto a varios amigos. En realidad su idea era la de juntar gente con un ferviente sentimiento antisemita y además que tuvieran un buen pasar económico para llevar a cabo sus viles planes de recuperar esa valiosa joya que se encontraba escondida en el baúl de los Kohen.
   Varios de los integrantes de esa agrupación trabajaban en los Servicios secretos del Gobierno Argentino y eso era fundamental para intentar primero conocer los paraderos de quiénes podían saber sobre el gran secreto de los baúles de Abelard y segundo vigilar sus movimientos. Fue por ello que llegaron al nieto de esa familia y también a la de Samuel Levy.
   
   Gabriel Galán con un grupo de diez hombres fuertemente armados inició el viaje que lo llevaría hacia el lugar donde se encontraban ocultos los baúles. Dos camiones de gran porte que eran utilizados para llevar las estructuras con las que montaban los escenarios fueron los vehículos elegidos por el músico para trasladarse.
   Él conducía uno de ellos y el rumbo indicado por el mapa lo llevaba hacia la provincia de Córdoba y precisamente a la ciudad de La Falda dónde se encontraba aquel Hotel Edén que en una época había servido para alojar a los Jerarcas Nazis que escaparon de los aliados, entre ellos a Abelard y Samuel.
   Tardaron en llegar unas doce horas y su primer parada fue en ese Hotel que ahora se encontraba totalmente abandonado. Una vez allí, Galán ingresó de noche forzando primero la gran puerta de hierro de la entrada. Recorrió unos cien metros que separaban a esta de la puerta principal y rompió las grandes cadenas y los dos enormes candados que la mantenían cerrada desde hacía años.
   Acompañado de cinco de sus hombres  y dejando al resto para que custodiaran el lugar, Gabriel se adentró en el gran Hotel que se presentaba en un estado lamentable por los años de abandono. Equipados de cascos con luz como los que utilizan los mineros comenzaron a recorrerlo.
   Galán se detenía una y otra vez para observar el mapa y tratar de ubicar el lugar exacto donde Abelard había dejado la pista que indicaba dónde estaban ocultos los baúles que aun faltaban entregarse a sus legítimos dueños. 
   Les pidió a sus hombres que lo aguardaran en el gran salón de recepciones que se encontraba en la planta baja y el ascendió por la impresionante escalera de mármol que conducía a las habitaciones principales. 
   Mosel ya había sido alertado del viaje de Gabriel Galán a La Falda y al mando de cincuenta hombres de su Agrupación fuertemente armados se dirigió a la zona para seguir al nieto de Samuel en su aventura de encontrar los baúles. El Nazi sabía que estaba cada vez más cerca de realizar su sueño y eso lo mantenía ansioso y expectante.
   Por obvias razones, no atacaría hasta no estar seguro de que Galán hubiese descubierto el escondite y ordenó a sus hombres mantenerse a una distancia prudencial del Hotel para no ser avistados por la seguridad del músico que recorrían el perímetro vigilándolo.
   Gabriel tuvo algunos percances para llegar a la habitación indicada en el mapa. Casi se va al vacío cuando pisó en un sector del piso revestido en madera en uno de los tantos pasillos que conducían a ellas y al estar este podrido cedió de pronto al ser traspasado por una de sus piernas pero para su fortuna, pudo tomarse a tiempo de una baranda de la escalera que conducía a la terraza del Hotel y gracias a ello pudo sostenerse. Aun con el miedo lógico que le causó el incidente decidió seguir adelante pero esta vez teniendo sumo cuidado en no tropezarse de nuevo.
   Finalmente llegó a la habitación señalada por Abelard en el mapa y se introdujo en ella. Aun quedaba allí el esqueleto de una vieja cama y dos mesas de luz totalmente destruidas por el tiempo y el abandono. Alumbró con una linterna que había llevado consigo hacia una de las paredes y volvió a revisar el mapa que señalaba que debajo de esta y oculta bajo uno de los listones de madera del piso que habían sido marcados casi imperceptiblemente por él con dos símbolos se hallaba la pista que lo llevaría a los baúles.
   Tuvo que retirar la tierra acumulada y luego de revisar exhaustivamente cada listón los halló. Tomó un cortaplumas y con mucho cuidado los retiró encontrándose con una pequeña caja. La sacó de allí y la abrió. Dentro de ella había un nuevo mapa hecho a mano.
   Descendió a la planta baja y les ordenó a sus hombres que saalieran del Hotel, él hizo lo propio, subieron a los camiones y partieron.
   Unas dos horas pasaron y llegaron a un paraje situado a las afueras  de la ciudad turística de Villa General Belgrano. Gabriel Galán se hospedó junto a sus hombres en una Hostería del lugar cercana al centro. Necesitaba pensar como hacer para trasladar los dos baúles que se encontraban en plena montaña, en un lugar llamado La cumbresita donde solo se podía acceder de a pie. También debería adquirir algunas herramientas que le sirvieran para poder acceder al lugar señalado.
   Al día siguiente y luego de comprar todo lo necesario para la expedición, Gabriel emprendió el ascenso a la montaña acompañado por sus diez hombres de seguridad. El lugar era paradisíaco aunque bastante impenetrable sobre todo en los lugares que debían transitar para hallar el escondite. Éste estaba bastante alejado del camino que utilizaban los turistas para poder llegar a la cima. 
   Munidos de hachas y guadañas se fueron haciendo paso ante la frondosa vegetación para poder seguir el camino trazado en el mapa diseñado por Abelard.
   Cerca del mediodía avistaron una pequeña cascada y Gabriel supo que ya estaban muy cerca de llegar al destino fijado. Decidió entonces realizar un parate para que sus hombres pudieran descansar y refrescarse un poco y una media hora después continuaron su camino. El sol los castigaba duramente ya que era verano y las temperaturas oscilaban a esa altura del año entre los 35° y 37° grados centigrados.
   Unas dos horas después alcanzaron la pequeña cascada y Gabriel volvió a ordenar a sus hombres que se detengan a refrescarse. Él por su parte echó un vistazo a la zona buscando una cueva que según el mapa se hallaba a unos doscientos metros de su ubicación actual. Caminó en línea recta siguiendo la pista y halló una gran roca que parecía estar ocultando una entrada.
   -Es aquí-se dijo mientras seguía observando el mapa- y regresó hacia la pequeña cascada para buscar a sus hombres. Al llegar allí, les ordenó que lo siguieran y luego de un gran esfuerzo realizado por todos lograron retirar la gran roca. Detrás de ella se encontraba la cueva
   -Esperen aquí-les ordenó.
   Se introdujo en ella portando una gran linterna y un hacha. El lugar no era demasiado grande por lo cual y luego de una rápida recorrida logró avistar a los baúles. Se acercó a uno de ellos e intentó abrirlo pero le fue imposible. Tomó entonces el hacha y rompió los dos grandes candados que estaban colocados, estos finalmente cedieron y Gabriel levantó la gran tapa.
   Dentro de él se encontraban varios objetos de todo tipo. Había pinturas de grandes artistas de aquella época, ropa, joyas, cartas y hasta varios juguetes. Gabriel fue retirando de a poco los objetos y pertenencias de esa familia con sumo cuidado y tratando de no dañarlos. 
   De pronto, observó algo envuelto en un paño de color rojo. Al desenvolverlo, se encontró con una estrella de David totalmente diseñada en oro y fue tal su sorpresa que se quedó admirándola por varios minutos. Era una pieza única y de tal perfección que logró que se abstrayera de todo lo que sucedía a su alrededor hasta que escuchó disparos afuera de la cueva y eso lo devolvió a la realidad. Depositó la estrella de David en el baúl y corrió hacia la salida para ver lo que estaba sucediendo pero al llegar a ella se encontró con Mosel que le apuntaba con un arma.
   -¡Señor Galán!-exclamó el Nazi-¡Gracias por hacer el trabajo sucio!
   -Usted es...
   -El mismo de aquella noche en el Festival-se anticipó Mosel-.Me alegra que me haya recordado
   -¿Esto es lo que buscaba?-preguntó Gabriel- ¿Los baúles?
   -Lo único que me interesa es la estrella de David que usted ya debe haber encontrado en uno de ellos
   -¿La estrella de David?-trató de mentir el músico-. Pues no he visto nada de eso 
   -¡Vamos Galán! No me tome por estúpido. Ahora iremos a buscarla
   -¿Qué sucedió con mis hombres?
   -Lamentablemente tuvimos que matarlos a todos. No quiero testigos. Usted entenderá
   -O sea que va a asesinarme a mí también
   -Una vez que tenga en mis manos esa pieza única los sepultaremos a todos aquí. Es un gran lugar para una tumba ¿No lo cree?
   -Hay testigos que nos vieron en la ciudad, se darán cuenta de ello y saldrán a buscarnos
   -Pero ya será tarde y yo estaré muy lejos de este país cuando eso suceda. Ahora vamos, de una forma u otra encontraré lo que busco con su ayuda o sin ella 
   Gabriel entendió que podría ganar un valioso tiempo si colaboraba y comenzó a caminar hacia el baúl dónde estaba la estrella de David. Al llegar a él la retiró de su interior. Al verla, Mosel quedó eclipsado.
   -Entréguemela-le ordenó el Nazi-
   Gabriel se la arrojó con violencia hacia su rostro y esto hizo que Mosel trastabille y pierda el arma. Los dos hombres se trenzaron entonces en una pelea a golpes. Un certero puñetazo dio en la quijada del Nazi que cayó hacia atrás aparatosamente golpeando su cabeza en una piedra y quedando parcialmente fuera de combate. El músico tomó el arma y escuchó como los secuaces del nefasto personaje ingresaban a la carrera para ayudar a su jefe pero tuvieron que detenerse al verlo tirado en el suelo con su cabeza sangrando y siendo apuntado con un arma en su mejilla.
   -Quietos ahi o lo mato-amenazó Gabriel.
   Uno de los secuaces intentó persuadirlo.
   -Suelte el arma Señor Galán-le sugirió-. No tiene escapatoria
   -Pues si la tengo y vuestro Jefe es mi salvoconducto. ¡Asi qué aléjense!-les gritó Gabriel.
   Los hombres de Mosel retrocedieron lentamente. Gabriel tomó la estrella de David y ordenó al Nazi que se levante. Éste ya estaba volviendo en sí.
   -¡Vamos!-le dijo.
   Mosel aun aturdido por el golpe acató la orden y los dos hombres comenzaron a caminar hacia la salida. Sus secuaces se abrieron paso.
   -Si intentan algo ya saben-les advirtió-. Mataré a su Jefe
   De pronto, se escucharon gritos afuera de la cueva.
   -¡Rodeen el lugar!-ordenaba alguien-. Queremos a Mosel con vida
   Al salir, Gabriel y Mosel se encontraron con unos cien Policias de la provincia de Córdoba y un veintena de hombres del Mossad.
   -¡Arroje su arma y entréguese!-ordenó el Jefe del operativo.
   Gabriel acató la orden pero Mosel se hizo del arma y comenzó a disparar a los policías. Fue acribillado en el acto y el músico cayó gravemente herido.
   Luego de varias intervenciones quirúrgicas Gabriel Galán pudo recuperarse y dos meses después regresó a su casa. Unos días después fue visitado por el Embajador de Israel en Argentina.
   -Me alegra mucho que ya se encuentre en buen estado de salud-pronunció el funcionario.
   -Gracias
   -Necesitamos pedirle un favor
   -Lo escucho
   -Usted es el único testigo de lo que sucedió en aquella cueva y de la existencia de la estrella de David 
   -¿El único?-preguntó Gabriel- ¿Y la gente de Mosel?
   Un silencio fue la respuesta.
   -¿Y la estrella de David?-preguntó ahora el músico.
   -Olvídese de ella

FIN
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