Lo Último

LA HERMANA GERTRUDIS PARTE 3




Cuando le comenté a mi tía Estela lo que estaba ocurriendo me observó por unos segundos y luego soltó una frase cargada de malos augurios.

-No vayas Gabriel-me dijo- ¿Si es una trampa?
-Tía, pero fuiste tú la que me convenció de buscar a alguien que solucione mis desgracias
-Es verdad, pero como siempre, te has equivocado. Sin ir más lejos yo podría haberte presentado a una señora que sabe mucho de estas cosas
-¿Pero porqué cuernos no me lo dijiste?
-¡Porque tú no crees en nada! Y siempre dices que vas a hacer lo que te digo y nunca me escuchas
-Ahora ya está tía, iré
-No lo hagas Gabriel

Ni le respondí. Fui a mi cuarto y me recosté en mi cama. Dormi una siesta por tres horas, luego me levanté cerca de las 8 de la noche y me dí una ducha para despejarme un poco del intenso calor que hacía en ese verano insoportable de Buenos Aires. 

Al bajar de mi habitación que se encontraba en el primer piso fui hacia la cocina y allí estaba mi tía preparando la cena. Ella me la  sirvió y nos sentamos a comer. Durante la misma no hablamos y solo vimos un programa de TV. 

En realidad mi cabeza ya estaba en lo que iba a pasar en un par de horas. A eso de las once tomé las llaves de mi auto y salí a la calle. Me subí rapidamente a él y conduje hasta el cementerio de la Chacarita que se encontraba a unos cuarenta y cinco minutos de mi casa. 

Mientras lo hacía pensaba en lo que podía llegar a ocurrirme esa noche. Quizas la tal Gertrudis me estuviese esperando para robarme con un grupo de secuaces o secuestrarme para pedir un rescate. Era una modalidad muy común en estos días. Engañar a un pobre estupido como yo para sacarle lo mucho o poco que tenía podría ser algo fácil para ella. 

Mi imaginación volaba por diferentes e incomprobables sucesos que podrían sucitarse pero en lo que menos pensaba era que quizás todo aquello fuera cierto y que la Hermana fuera en realidad alguien con poderes para ayudarme. Era otra de las posibilidades y en un momento me convencí de ello para darme ánimo.

Al llegar, estacioné mi auto como ella me indicó en la puerta de entrada número 4 del cementerio y como podrán imaginarse a esa hora y un Domingo solo los fantasmas, algun perro vagabundo, un gato o yo podrían estar vagando por ese tenebroso lugar. 

Me bajé del vehículo y me paré en la entrada. Eran las 12.00 en punto y mi teléfono sonó. Confieso que me sobresalté al escucharlo pero me recompuse rápidamente y lo atendí.

-Hola Gabriel-se escuchó del otro lado de la línea.
-Aquí estoy Hermana-contesté nerviosamente. 

El pulso se me estaba acelerando y comencé a tener miedo. Ella se dio cuenta al instante y trató de tranquilizarme.

-Quédate tranquilo. No te pasará nada-dijo.
-¿Qué debo hacer?-pregunté.
-Empuja el portón hacia adentro, esta abierto-me ordenó.

Hice lo que me pedía y efectivamente éste se abrió de par en par.

-Ya está-le dije-Ahora que sigue
-¿Y tú qué crees? Ingresa y ciérralo nuevamente.

Me apuré a entrar y cerré el enorme portón. Como se podrán imaginar el 
lugar estaba completamente a oscuras y solo se escuchaba el ruido del viento que comenzó a soplar violentamente como si fuese un mal presagio de lo que vendría moviendo las copas de los enormes árboles que había en el lugar.

-Estoy dentro-dije.
-Muy bien. Ahora harás lo que te digo. Camina en linea recta unos veinte metros. Al llegar encontrarás a tu derecha un pequeño galpón
-Pero hermana-traté de explicarle- Aquí no se ve nada
-Tus ojos se acostumbrarán lentamente a la oscuridad y podrás llegar. ¡Hazlo!

Caminé a tientas mirando el piso continuamente para no encontrarme con nada que pudiese hacerme tropezar aunque en realida era una de las calles por donde transitan los cortejos fúnebres. Sin embargo me costó bastante llegar pero pude alcanzar con bastante esfuerzo mi primer objetivo. 

Al dirigirme hacia la derecha según las directivas de la hermana vi que a lo lejos una luz se acercaba hacia mí y juro que casi me da un infarto.

-Hermana. ¿Sigue usted en el teléfono?
-Por supuesto
-Una luz viene hacia mí. ¿Qué puede ser? ¿Un espectro?
-No seas idiota-dijo ella- Es uno de los cuidadores. Procura que no te vea o pensará que estas allí robando el bronce de las tumbas. Escóndete para que no ser visto.

Busqué un lugar entre dos bóvedas viejas que parecían estar abandonadas desde hacía años. El tipo pasó muy cerca mío alumbrando con su linterna pero no logró divisarme y siguió su camino aléjandose del lugar rápidamente.

-Ya se fué-dije.
-Bién. Ahora dirígete a ese pequeño galpón ¿Lo ubicaste?
-Sí, esta frente a mí a unos veinte metros.
-Bien. Ve hacia allí

Caminé lentamente y tratando de ver como podía hasta que finalmente pude llegar a la puerta del lugar.

-Ya estoy aquí-le dije.
-Abre la puerta e ingresa en él, está abierta.
-¿Y usted cómo lo sabe?
-En verdad eres un idiota. ¡Hazlo!
-Está bien

Puse mi mano en el picaporte y lo moví hacia abajo, efectivamente la puerta estaba abierta y me introduje en el sitio.

-Ya estoy dentro-le informé
-Muy bien. A tu derecha hay un farol de noche colgado. Enciéndelo
-Pero veo en el techo una lamparilla, debe haber un interruptor y..
-¡Te descubrirán si la enciendes! ¡No lo hagas!
-Ok, ok. 
-¿Tienes un encendedor?
-Yo no fumo
-¿Lo tienes o no?
-No
-Eres un imbécil. Todos tienen un encendedor o cerillos por si acaso
-Pero yo no ¿Qué hago?
-Arriésgate y enciende la lamparilla. Busca el interruptor

Busqué y lo encontré cerca de la puerta y encendí la luz. Dentro del galpón estaba el farol de noche y varias herramientas que utilizaban los enterradores. Allí divisé picos, palas, cucharas para remover la tierra, en fín todo lo necesario para ese desgraciado trabajo.

-Ya está.dije- Ahora qué quiere que haga
-Busca cerillos para encender el farol, toma luego una pala y algo que te sirva para abrir un ataúd. Apaga la maldita lamparilla y sal de ahí lo antes que puedas.
-¿Abrir un ataúd? ¡Por Dios!-exclamé.
-¿Deseas encontrar el hechizo o no? -dijo ella en un tono despectivo.
-Pues sí
-Entonces haz lo que te digo

Al lado del farol se encontraban los cerillos pero también divisé dos grandes linternas.

-Hay dos linternas. ¿Prendo igual el farol?
-Usa las linternas. Si que eres medio idiota-me dijo ella ya fastidiada.

Yo mientras tanto temblaba de miedo pero decidí seguir adelante. Tomé una de las linternas y la encendí, luego apagué inmediatamente la luz. Tomé una pala, un martillo y un destornillador de punta para realizar la macabra tarea. Poco despúes salí del galpón.

-¿Ahora que sigue?-pregunté
-Apaga la linterna hasta que estes seguro de que un vigilador no ande por la zona merodeando

Eché un rápido vistazo y me di cuenta de que nadie estaba por los alrededores. Volví a encender la linterna y le hablé a la Hermana.

-No hay moros en la costa
-Muy bién-dijo ella. Ahora irás a una de las tumbas que te indicaré para desenterrar el hechizo...

continuará...






   
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