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EL LÍDER 2 CAPÍTULO 37

Amanecía en Buenos Aires. Esa ciudad que había cambiado tanto su fisonomía entregaba ahora un panorama totalmente diferente de lo que era en otras épocas. La revolución desatada en el año dos mil quince produjo solo muertes, desolación y destrucción. En los últimos años y con el liderazgo de Tomás Andreoli se decidió reconstruirla. Es así que de a poco fue recuperando parte de su antiguo encanto restaurándose los edificios públicos que por obra de intensos bombardeos realizados por los dos bandos enfrentados en aquella guerra civil tan cruenta la transformó en muchos casos en escombros y en otros una prueba eterna de un pasado nefasto.

El hospital Central recibía a diario a los ciudadanos que deseaban con solo acercarse acompañar a Jeremías Díaz en su camino final a la eternidad, hecho que finalmente se produjo y envolvió en un manto de dolor, angustia y desesperación a todo un pueblo que veneraba a su viejo Líder y que lo acompañaría una vez más pero ahora para despedirlo definitivamente.Sus restos fueron velados en la vieja casa de gobierno a la que él mismo ingresó triunfante treinta y tres años antes para convertirse en el prócer moderno ya que gestionó con honestidad, inteligencia y amor por sus compatriotas. 

El pueblo ahora debería apoyarse más que nunca en Tomás Andreoli al que le habían perdido la confianza aunque se haya comprobado su inocencia fehacientemente por el asesinato de su suegro. Sin embargo nadie intentó siquiera agredirlo cuando lo vieron pasando ante ellos para despedir al viejo Líder. Tomás visiblemente conmocionado se paró delante del féretro junto a su esposa Paula y se mantuvo alli durante la larga noche que duró la vigilia. Al día siguiente el ya eterno Líder fue trasladado al cementerio de la Chacarita. La gente conmovida aplaudía y lloraba al ver pasar ante sí al cortejo. Luego de una breve ceremonia en la capilla de la necrópolis y honores militares que incluyeron disparos de salvas al aire, su cuerpo fue cremado y su urna entregada a su hija quién se encargó de esparcir parte de ellas en las dos provincias recuperadas por los leales. El resto de ellas debería esperar hasta poder unir a todo el territorio.

En la capital de la Patagónica un Álvaro exultante observaba la ceremonia por televisión mientras le comentaba a su hermano los planes que tenía para lo que vendría en un futuro cercano. 

— Según nuestros informantes, el enemigo planea un ataque masivo a nuestros territorios
— ¿Qué piensas hacer?
— Los dejaré que avancen lo suficiente para luego cuando descubran su retaguardia atacarlos por sorpresa y vencerlos
— ¿Pero como lograrás eso? Los Británicos se han replegado y no tenemos tantas fuerzas para resistir al ejército del O.P.L.U. Ya están recibiendo refuerzos desde Mexico, Venezuela y Colombia 
— Acabo de recibir un llamado importante que me ha brindado una gran noticia
— ¿De quién?
— El mismísimo Rey de Gran Bretaña
— Pero según tengo entendido él no puede pasar por encima del Primer Ministro
— Ya lo ha hecho hermanito. Esta mañana la Cámara de los Comunes decidió separar de su cargo a Peterson, liberar a Sheppard y aprobar un nuevo avance hacia las costas del Río de la Plata por parte de la Armada de su Majestad
— Pero el enemigo sabrá de esto y estará alerta
— Todavía no es oficial pero el Monarca ya ha dado instrucciones para que el movimiento de todos sus tropas se realice con la más absoluta reserva
— ¡Estupendo!
— ¡He triunfado!

James Grant del partido laborista tomó las riendas del poder en el Reino Unido. Era el segundo de Peterson y lo había traicionado. Cuando el Monarca lo citó en el palacio de Buckingham un mes antes lo convenció de que el ex Primer Ministro no estaba capacitado para llevar las riendas de Gran Bretaña y que él era el hombre indicado para suplantarlo. Es así que Grant logró finalmente recibir el apoyo de su partido y ya cuando Peterson regresó todo era cosa juzgada. En la Cámara de los Comunes se aprobó el juicio político y de esta manera el Rey se salió con la suya.


Una semana después del funeral, el Líder al mando de quince mil hombres y gran material bélico salió de Buenos Aires rumbo a la Patagónica. Cerca de allí ya lo esperaba el comandante Talamonti con las milicias para recibir sus órdenes. No hubo incidentes en el camino y llegaron sin problemas a la frontera.

El tirano por su parte reagrupó sus fuerzas para resistir. Esperaba que la Armada Británica acudiera en su ayuda por la retaguardia enemiga. De esa manera su victoria sería total y pronto se adueñaría del país y luego con sus aliados iría por la dominación de Sudamérica. 


Las acciones se iniciaron con un bombardeo sostenido por parte del Ejército del O.P.L.U. a la capital tirana de San Carlos de Bariloche por aire y por tierra que duró dos días. Al cabo de esto intentaron avanzar para ocupar posiciones claves que les permitieran dominar la ciudad pero la resistencia fue mayor de lo esperado y no pudieron siquiera acercarse. En su tienda de campaña el Líder y los generales buscaban alguna alternativa que los ayudara con sus propósitos para poder derrotar al tirano.


Su resistencia es más firme de lo que esperábamos—expresó el Líder— ¿Qué haremos al respecto?
— La única forma que veo de poder tener alguna chance—comentó Talamonti—Es atacar desde varios flancos pero deberemos enviar parte de nuestro ejército hacia las montañas para intentar tomar esa posición dónde el enemigo desea llevarnos sin embargo el clima no es el mejor y está nevando por lo tanto seria una empresa suicida que aceptáramos el reto

— ¿Qué sabemos de las fuerzas chilenas?
— El tiempo reinante no les ha permitido avanzar demasiado
— ¿Alguna otra opción?




Todos se miraron sin tener una respuesta a la pregunta. Entonces el Líder tomó una decisión.

— Yo comandaré el grupo que irá a la montaña—les expresó con decisión.
— Pero Señor—dijo Talamonti—Es muy peligroso. Usted es el Líder y …
— Es una orden General y no aceptaré que no la acate


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